martes, 16 julio, 2019

CUANDO LOS DATOS SE RELACIONAN

Acabamos de registrarnos en un hotel. El recepcionista ha fotocopiado nuestra identificación, y nos ha solicitado un teléfono de contacto. Ya estamos dormidos cuando suena nuestro teléfono móvil. Al otro lado, una voz que no conocemos, pero que al parecer lo sabe todo sobre nosotros. A partir de aquí, podemos entrar en una pesadilla. Nos informan de que han secuestrado a un familiar nuestro o, al contrario, informan a un familiar de que nosotros somos los secuestrados. No hacen falta armas, ni tan siquiera presencia física de nuestros captores, sino tan sólo información que nosotros consideremos veraz.

Esto le sucedió al grupo vasco Delorean, en su visita a México. Una llamada, identificándose como Los Zetas (el grupo de narcotraficantes más sanguinario del país), les informa de que va a haber un tiroteo en el hotel, y que no quieren que ellos se vean afectados. A la vez que les piden el número de su teléfono móvil, diciéndoles que no los utilicen bajo ningún concepto, les conminan a que adquieran unos nuevos de prepago con el que se mantendrán el contacto. A partir de aquí se suceden las llamadas a sus familiares solicitando un rescate, la escenificación del maltrato, las amenazas de muerte. Este caso tuvo un final feliz, con la intervención de la policía española.

En la plaza de una ciudad holandesa se instala una carpa. En el exterior una persona invita a quién, de forma gratuita, quiera que un presunto vidente que se encuentra en el interior les prediga el futuro. Como garantía de sus dotes adivinatorias, previamente les dirá algunos datos de su vida. Para ello es requisito que el candidato a utilizar el servicio, les facilite sus datos de identificación, ello tan sólo, manifiesta, para firmar que está conforme en participar en la experiencia. Cuando accede al interior, el vidente, con largos vestidos blancos, se sienta frente a él, mesa por medio. Y acierta. Van apareciendo características de sus amigos, desengaños amorosos, proyectos laborales, relaciones clandestinas, incluso los números de su cuenta corriente personal o sus claves de acceso a distintas webs. Cuando el asombro de la “victima” alcanza la incomodidad, se abre el telón. En una oculta sala contigua de la carpa, varias personas bucean detrás de ordenadores.

Los datos de identificación de cada persona, son una fuente inagotable de información. Probemos a colocar nuestro nombre personal en Google. En la mayor parte de los casos nos ofrecerá información sobre notificaciones de sanciones de tráfico, asistencia a los actos de un colegio, participación en una competición, y así una casuística ilimitada. Normalmente los primeros lugares vienen copados por empresas que ofrecen información de la persona buscada. Con extrema facilidad aparecerán nuestro domicilio, teléfono. Y, en los frecuentes casos de error, datos que nunca querríamos que vieren otras personas.

Todos nuestros accesos a páginas de internet quedan registrados por el número IP que cada ordenador lleva. La información que enviamos Al ciberespacio, por ejemplo nuestra presencia en las redes sociales, las compras de viajes, reservas de hoteles, jamás se borra. Simplemente queda oculta a nuestros ojos, en una nube cada vez más densa. Los recientes casos de espionaje aparecidos en los medios de comunicación muestran algo más inquietante todavía que la mera vigilancia que se ejerce sobre nosotros, y es la capacidad de procesar y relacionar los datos. Tradicionalmente la información de las personas se depositaba en registros públicos, ayuntamientos o parroquias, pero la capacidad de  relacionarlos y ordenarlos ha sido una labor compleja, y solamente a disposición de muy pocas personas. Hoy esta posibilidad se ha simplificado hasta extremos inquietantes.

El mismo día Juan recibió dos mensajes en su correo electrónico. En uno de ellos, le citaban para tres entrevistas de trabajo, citando el lugar y fecha. Ninguno de los tres se correspondía a su preparación anterior, ni siquiera a actividades que le pudieran resultar atractivas, pero las consecuencias de la inasistencia podían ser graves. En el otro correo, también se le citaba en un hospital. Quedó aterrado al saber que podía ser portador de una enfermedad grave, y ello a pesar de que no había acudido a ningún centro de salud en los últimos años. Al parecer, la parametrización de los datos que había ido plasmando en los últimos tiempos en una web de deportes, sus hábitos de consumo, y otros factores que el escrito no mencionaba, habían desembocado en que se detectara una enfermedad, de la que él no tenía síntomas. Su preocupación alcanzó el máximo, cuando al entrar en el centro comercial, no le apareció la publicidad sobre calzado deportivo y actividades al aire libre, que le asaltaba en los monitores que se iba encontrando a su paso. Ahora, por primera vez recibía publicidad de unas pastillas para la ansiedad y depresión, eso si, sin efectos secundarios.

Esta ficción podría estar presente en un futuro más cercano que lejano. Billones de datos se acumulan en servidores, esperando su procesamiento, de acuerdo a criterios comerciales o de otro tipo. Asistimos hoy a una lucha sin cuartel, entre compañías que quieren explotar estas montañas de información, y asociaciones o entes estatales que intentan proteger al consumidor. Está en juego una parte muy importante de nuestro futuro, no tanto la libertad, que ya en cualquier caso estará condicionada, sino la posibilidad de manipulación de nuestras vidas. Como decía el creador de Facebook, Mark Zuckemberg, “si no quieres que se sepa de tu vida, no la subas a internet”.

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